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jueves, 26 de junio de 2008

Lorenzo Meyer: La seguridad nacional

La seguridad nacional

“Sin proyecto nacional no puede haber una definición propia y efectiva de seguridad nacional”.


E-mail Lorenzo Meyer AGENDA CIUDADANA
opinion@elnorte.com
lmeyer@colmex.mx

Articulos recientes del Dr. Lorenzo Meyer Cossio

Un Tema Urgente e Importante. Leonardo Curzio ha publicado La seguridad nacional en México y la relación con Estados Unidos, (UNAM-CISAN, 2007). Este trabajo se inscribe en los esfuerzos recientes por adentrarnos en un tema de enormes complicaciones e implicaciones y que requiere la atención inmediata no sólo de la clase política sino también del ciudadano común. Un esquema de seguridad nacional que sólo sea un apartado más en el “Plan Nacional de Desarrollo” en turno es poco útil.

El análisis de Curzio parte de una propuesta clara: sin proyecto nacional no es posible una política de seguridad nacional. En efecto, sin contar con un marco de referencia mayor que lo justifique y legitime, cualquier diseño de seguridad de la nación es inviable. Por otro lado, el proyecto de nación que lo englobe debe contar con la aceptación y apoyo del grueso de los actores políticos y de la sociedad. Por ahora, ése no es el caso en México.

El Problema. A partir de que se vino abajo en 1982 el modelo de economía hasta entonces vigente –el basado en un mercado interno protegido- la clase política empezó a poner los cimientos de otro que implicó integrar a México no tanto a la América del Norte, como se pretende, sino a Estados Unidos. Ahora bien, esta decisión se tomó como resultado de un fracaso histórico, de una situación de crisis y no de una deliberación tomada tras valorar opciones y consultar realmente a la sociedad. Su propósito inmediato resultó ser no el replanteamiento de nuestro destino sino apenas encontrar la vía más cercana y práctica para intentar la salvación del régimen político y sus dirigentes.

La integración de México a su vecino del Norte no se discutió, se impuso. Por su parte, Estados Unidos nunca se propuso condicionar esa integración a la transformación y modernización política de México como si ocurrió cuando se llevó a cabo en la integración económica y política de Europa. Para Curzio, esta aceptación norteamericana de la propuesta de Salinas de Gortari fue un error de cálculo enorme de la gran potencia, pues terminaría por darle al personaje que llegó al poder por la vía de un fraude electoral “una confianza excesiva en que los ‘pecados’ del autoritarismo mexicano gozarían siempre de la discreta comprensión de Washington”, (p.36).

Pero el error implicó algo más: que la firma de un Tratado de Libre Comercio de la América del Norte (TLCAN) que ha llevado a una ligadura sin precedentes de la débil economía mexicana a la norteamericana, no contara con la aceptación real de una parte de la sociedad y de los actores políticos mexicanos. Para esa parte de México, la forma autoritaria en que se concibió, negoció y empezó a operar el TLCAN, le restó legitimidad. Como señala Curzio, la integración de México a su vecino es hoy -15 años después- un “hecho consumado”, pero pese a ello no ha logrado ser aceptado mayoritariamente como el eje de un proyecto nacional.

La Agenda. Desde por lo menos los 1830, y no por buenas razones, Estados Unidos es elemento central en cualquier esquema de seguridad de la nación mexicana. Sin embargo, al no haber una idea clara y mayoritariamente aceptada en nuestro país sobre la forma de insertar el “factor americano” en el proyecto nacional (y lo mismo pasa –apunta Curzio- con el “factor mexicano” en el proyecto norteamericano, aunque allá eso es mucho menos importante), todo el esquema de nuestra seguridad y posible proyecto nacional está sentado sobre bases gelatinosas.

Examinemos algunas ambigüedades y contradicciones más de cerca. México mantiene una doctrina de política exterior, y que en cualquier caso tiene que ser parte de la doctrina de seguridad nacional, basada en principios claros: no-intervención, igualdad jurídica de los Estados y solución pacífica de las disputas. Sin embargo, la política del país al que nos hemos integrado, Estados Unidos, hace tiempo que echó por la borda el principio de no-intervención y como ha quedado claro en Irak, hay veces que de manera unilateral recurre a la fuerza como la vía preferida para la solución de sus disputas con países débiles y muy similares a México en el contexto internacional. Aquí hay el ejemplo de una contradicción mayúscula y que llevó a Washington a marginar a México después de que éste no apoyara en el Consejo de Seguridad de la ONU en 2003, la política innecesariamente unilateral y agresiva de George W. Bush hacia Irak.

De esta manera, un componente básico de cualquier esquema de seguridad nacional mexicana choca con la realidad de la dependencia de México respecto del vecino del Norte. Curzio sugiere como solución un cambio en el concepto de soberanía hoy dominante tanto en México como en Estados Unidos, pero él mismo señala que esto es hoy imposible. Mientras Estados Unidos, el país más nacionalista y soberanista que hay, no cambie su visión sobre cómo relacionarse con México y con el mundo, nuestro país, que es la parte débil, no puede hacerlo unilateralmente so pena de que su Gobierno pierda toda legitimidad y que el país pierda lo que le queda de soberanía y viabilidad.

Hoy por hoy, México no tiene otra salida que manejar la contradicción entre su seguridad y su relación con la gran potencia del Norte de la manera más prudente posible. Sin embargo, debido a la asimetría de poder, es imposible evitar que las prioridades de nuestros vecinos se convierten en nuestras, (lo contrario no necesariamente ocurre). Y esto nos mete en problemas como lo demuestra, entre otras, la política contra el narcotráfico.

Un Problema de allá que se Transformó en uno de Acá. ¿Cuándo se inició nuestra guerra de baja intensidad contra el narcotráfico? ¿Fue cuando el presidente norteamericano Richard Nixon dio principio a su propia “guerra contra las drogas” y luego forzó a México a unírsele tras aplicarle la “Operación Intercepción” en 1969? ¿O fue cuando unos narcotraficantes arrogantes y enojados –les acababan de descubrir un latifundio de 15 mil has. en Chihuahua y ahí les habían destruido casi 11 mil toneladas de marihuana- torturaron y asesinaron en 1985 en Guadalajara a un agente de la Drug Enforcemente Administration? La presión norteamericana a raíz de ese asesinato desembocó en la disolución de la principal agencia de seguridad del Estado mexicano: la Dirección Federal de Seguridad (DFS), que estaba ya penetrada hasta la médula por el narcotráfico.

Cada quién puede poner el inicio del conflicto cuando lo considere conveniente, lo que hoy está claro es que el narcotráfico ya anidó entre nosotros al punto de expandirse, desarrollar el mercado interno y hacerle frente al Ejército. Nadie sabe cómo ni cuándo concluirá esa guerra contra el crimen organizado que ya es nuestra y que en lo que va del año se ha cobrado más de 1,800 vidas.

La otra cara de la moneda es el tráfico masivo de armas de Estados Unidos hacia México. Sin las armas compradas por las mafias mexicanas en la frontera Norte, sus sicarios no tendrían hoy, como lo tienen, un armamento igual o mejor que el de las policías, el Ejército y la Armada. Y es que en este campo, el Gobierno norteamericano simplemente no ha tomado el problema con la seriedad que la seguridad de su vecino Sureño merece.

Unilateralidad. Fue la definición norteamericana de su propia agenda de seguridad lo que hizo que México asumiera como prioridad la lucha contra el comunismo después de la II Guerra Mundial, lo que implicó, entre otras cosas, dar una gran libertad de acción a la DFS, esa agencia de Gobernación que fue puntal del régimen autoritario y notable violadora de los derechos humanos, pero que terminó por pasarse al lado del narcotráfico y que, finalmente, la presión de Washington obligó a disolverla. Más adelante y al lado del anticomunismo, Washington puso entre sus prioridades la “guerra contra las drogas” y México también entró de lleno en ella. A partir del 11 de septiembre de 2001, la “guerra contra el terrorismo” adquirió en Estados Unido la máxima urgencia y de nuevo México adoptó esa lucha como propia.

El combate al narcotráfico y al terrorismo son elementos legítimos en nuestra agenda de seguridad, pero también lo deben ser, entre otros, el acabar con el tráfico de armas, el superar la mediocridad del crecimiento económico actual o resolver la situación jurídica de millones de mexicanos indocumentados en Estados Unidos. Y en esos últimos campos, México no ha recibido el apoyo norteamericano que el grado de integración de nuestra economía a la de ellos haría suponer.

Pese a la enorme influencia norteamericana en nuestra agenda y proyecto nacional, tenemos que desarrollar y sostener ambos como propios, aunque para ello se requiere un consenso interno que hoy no existe.

Kikka Roja

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