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viernes, 15 de mayo de 2009

Máscara azul: Juan Villoro

Máscara azul
Juan Villoro
15 May. 09

Los mexicanos tenemos tantos problemas que ignoramos las buenas noticias por temor a que luego sean mentira.

La ciencia nacional ha descifrado los componentes del genoma mexicano. Por desgracia, esta aportación decisiva se festeja menos de lo debido. Y no sólo eso, algunos sospechan que el mapa genómico les complicará la vida. Fue lo que me dijo Carlitos Lascurain. "¿Te imaginas que sepan todo de ti por una gota de saliva?". Nos vimos durante la semana de la alarma por el virus porcino. Él llevaba el cubrebocas arrugado en el cuello como otros llevan la corbata aflojada.

No pude hablarle de la diabetes o el cáncer que la ciencia podrá prever a partir del genoma. Con una sinceridad que cuesta trabajo agradecer, habló de las intimidades que le puede descubrir un microscopio. No incurriré en la falta de respeto de comunicarlas. Lo decisivo es que mi amigo cree que su vida íntima es delictiva. Una historia clínica le parece una declaración preparatoria.

Y aquí llega un dato esencial: Carlitos tiene una vida mucho menos complicada de lo que cree. Es cierto que respeta poco las normas, comenzando por el tormento de ser puntual, pero carece de méritos para escandalizar. No me gusta escuchar sus confesiones por la sencilla razón de que toda historia demasiado íntima se convierte en consulta.

En la familia de Carlitos hay cinco diabéticos acreditados. Lógicamente, su esposa no lo deja comer azúcar. Una de las cosas más personales que me ha revelado es la combinación de su portafolios. Me intrigaba que lo llevara a todas partes y una vez lo olvidó en mi casa. Llamó para decir que necesitaba un número telefónico de su agenda. No le quedó más remedio que darme la combinación del portafolios. Al abrirlo, encontré pocos papeles y un surtido de chocolates. Así son sus secretos. Si el médico lo analiza, sabrá lo que yo ya sé.

Durante unos días le di vueltas al asunto. Carlitos nunca ha sido vanidoso. Me sorprendió que se atribuyera una vida secreta llena de tremendas irregularidades.

El miércoles de dominó jugamos en equipo y me ahorcó la mula de seises. Su mente estaba en otra parte. El cubrebocas seguía retorcido en su cuello. Si acaso su mirada se cruzaba con la mía, la desviaba de inmediato, como si yo conociera su genoma.

Insistió en llevarme a mi casa, aunque vive en dirección opuesta. Entendí que quería hablar a solas. En el trayecto repitió que no soportaba que se supiera todo de todos. "Los mexicanos no somos así", señaló la calle, donde un vendedor de camotes representaba al resto de la población. "¿Cómo somos?", cometí el error de preguntar. "¡No nos gusta la claridad, ni la transparencia, ni rendir cuentas!", dijo exaltado: "Si alguien dice ahorita es que se va a tardar siglos, si alguien te dice mi jefe es que quiere propina, si alguien dice se descompuso es que rompió un aparato, si alguien dice con todo respeto es que te va a ofender". "¡Vivimos para negar la verdad!", gritó. "Cada quien tiene su guardadito", sus cejas se alzaron en picos significativos.

"Si México evita el lenguaje directo, ¿por qué nuestro genoma tiene que ser tan franco?". Le recordé que él se había sincerado conmigo. "Por culpa del genoma", dijo con desconsuelo. "Los mexicanos vivimos de la simulación; nos definimos como demócratas, fieles en la cama, católicos en la iglesia, responsables en el trabajo, devotos de las leyes, alegres en todas partes. ¿Quién es así?". Hizo una pausa y continuó: "De la Madrid: acusó a Salinas y luego se retractó. Aquí sólo sueltan toda la sopa los que no salen del fango, como Ahumada". "No es posible que estés tan paranoico: tu vida no tiene interés", dije para tranquilizarlo. "No soy yo, es el país". "El genoma no es mexicano, es científico", contesté. Entonces me vio como si yo le hubiera ahorcado la mula de seises.

Guardamos un silencio incómodo. Él encendió la radio para aliviar la tensión. Oímos un anuncio incomprensible. Una maraña de palabras "enseñaba" a hacer un cubrebocas casero. El locutor hablaba a toda velocidad, como si el virus A H1N1 lo persiguiera por un pasillo; dijo el nombre de una tela rara y medidas para niños y adultos, añadió algo con geométrico alarde y pidió que consiguiéramos "60 centímetros de resorte tubular para colocarlo en los bordes doblados". ¿Quién podía seguir esas instrucciones? Se necesitaba una retentiva absoluta, no digamos para entenderlas, sino para repetirlas. "¿Qué es el resorte tubular?", pregunté.

"¿Te das cuenta?", dijo Carlitos con entusiasmo: "¿Dime cómo se hace el cubrebocas?". Quise ser irónico y comenté: "Tal vez los científicos que descifraron el genoma puedan explicarnos las instrucciones".

Mi amigo frenó el coche. Habíamos llegado. "Vivimos de gestos: ese anuncio no ayuda nada, pero da a entender que la Secretaría quiere ayudar. Somos barrocos", mientras más hablaba mi amigo, más creía yo en el genoma mexicano. "Detrás de los enigmas hay algo horrible: la realidad", añadió: "No somos un país de verdades, sino de máscaras".

Carlitos Lascurain se puso el cubrebocas.

kikka-roja.blogspot.com/

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