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sábado, 13 de marzo de 2010

Fin de sexenio y sucesión: Rene Delgado

Fin de sexenio y sucesión
Por: RENÉ DELGADO
SOBREAVISO

El papelito firmado y el papelón protagonizado por priistas y panistas aceleran el fin del sexenio y precipitan la sucesión presidencial.

El abigarrado catálogo de errores, mentiras, traiciones e insultos que son capaces de cometer y proferir los políticos cuando de recuperar o conservar el poder se trata hace sonar los tambores de guerra entre y dentro de los partidos. Sin embargo, eso no es lo peor.

El costo de esa operación fincada en el canje de votos por impuestos es elevado. Deja al calderonismo un Gobierno desmadejado y un partido quebrado; al priismo, el desafío de remontar un síndrome conocido: el perfume del poder lo revive, pero la cercanía del olor lo mata.

En términos partidistas, lo sucedido es un desastre; en términos ciudadanos, un agravio; y en términos de gobierno, un fracaso. La desconfianza y la incertidumbre en nada favorecen la posibilidad de emprender grandes reformas o pequeños cambios.

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Pueden irse al polígrafo o adonde quieran los protagonistas del papelón, el papelito es una radiografía de cuerpo completo. Mentiras más, mentiras menos son iguales.

A la vista quedan sus malformaciones, perversiones, callosidades, cicatrices y, desde luego, su bajeza. En el afán de mostrar cuán diferentes son, priistas y panistas demostraron cuán parecidos resultan.

Pueden reformarse una o 100 veces las instituciones, con políticos de esa estatura y talla da igual qué tan buenas sean aquéllas. Al calderonismo le encanta pagar un alto precio por las victorias pírricas, al priismo le gusta despilfarrar recursos en las peleas preliminares a cambio de asegurar la derrota en la estelar.

El fracaso de la operación emprendida les deja un costo muy elevado.

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La administración perdió a su operador financiero, Agustín Carstens. Invalidó al operador político, Fernando Gómez Mont. Hizo polvo al operador partidista, César Nava. Profundizó la desarticulación del trinomio Gobierno-partido-parlamento. Avivó el pleito interno del panismo. Todo sin contar con una figura atractiva o liderazgo capaz de proyectarse como precandidato.

Varios ingredientes elevan el costo de esa operación. Las huestes de Elba Esther Gordillo ya no juegan sólo con el calderonismo, juegan para sí con quien sea, y, así, la administración pierde a uno de sus pilares. La situación del secretario de Comunicaciones, Juan Molinar, es de pronóstico reservado. Y las políticas exterior y turística son un galimatías.

Esa circunstancia obliga a pensar en dos cuestiones: uno, sin equipo político acreditado y con otros secretarios de Estado emproblemados o incapaces, la administración puede ser tentada por el autoritarismo; y, dos, la pésima operación acelera el fin de sexenio cuando todavía falta bastante para entregar el mandato.

Si el presidente Felipe Calderón no rectifica, además de la derrota electoral de su partido, tendrá que poner en juego peligrosos resortes para concluir su mandato. Resortes cuyo mecanismo, a la vuelta de los años, investigan las Comisiones de la Verdad para fincar responsabilidades a quienes, por falta de recursos políticos, echaron mano de la fuerza.

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El costo para el PRI también es elevado. Repite como autómata la conducta mostrada hace casi siete años. Se une para conquistar la mayoría parlamentaria y posicionarse con fuerza a la elección presidencial pero, en cuanto hay que perfilar a quien ocupará la candidatura, se fractura. Revive y sucumbe.

Está por verse cómo viene el ajuste de cuentas al interior del priismo, pero el fracaso de la operación deja damnificados a Beatriz Paredes y a Enrique Peña Nieto, animando de nuevo a Manlio Fabio Beltrones.

En una primera impresión, el papelito firmado hace pensar que Beatriz Paredes dejó en claro que el mexiquense es su candidato y que el proceso de selección del mismo será una mascarada. En ese esquema, Paredes ya tiene resuelta la charada.

Sin embargo, cuando se toma nota de que Enrique Peña fue quien reconoció la existencia del papelito viene la segunda impresión. El mexiquense quería darle un tate quieto a la tlaxcalteca que, en vez de despejarle el camino a la candidatura, parecía ponerle piedritas con toda elegancia. Y es que entre un vasto sector del priismo prevalece la idea de que Beatriz Paredes trabaja primero para Beatriz Paredes, luego para Beatriz Paredes, pero al final para Beatriz Paredes.

El posicionamiento, la interlocución y el entendimiento que la lideresa tricolor venía desarrollando con el presidente Felipe Calderón no eran del agrado de varios capos del priismo y, entonces, ante la duda, mejor reventarla. Falta por ver si la tlaxcalteca no termina por revelar quién es el autor de la alianza tricolor con la jerarquía de la Iglesia Católica en la penalización del aborto... ahí debe de haber un secretito no revelado.

Sin líder máximo, el priismo sigue sin resolver sus mecanismos de Gobierno y entendimiento interno. Esa incapacidad lo hace sufrir el síndrome del "quiero, puedo, pero me desmorono": unirse para posicionarse como un partido en vías de recuperación del poder, pero dividirse en cuanto es menester bautizar al candidato. Por eso el perfume del poder lo revive, y el olor lo mata.

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En ese rejuego, el lopezobradorismo también juega sus cartas. Se pronuncia contra las alianzas del perredismo con el panismo, pero no las vulnera. Si prosperan, gana al no haberlas obstaculizado; si fracasan, gana porque no estaba con ellas. En cualquier circunstancia, buscará recuperar la dirección de ese partido y acrecentar la fuerza de su movimiento.

Es claro que para Andrés Manuel López Obrador su adversario ya no es el presidente Felipe Calderón, sino el gobernador Enrique Peña. Si Calderón actúa contra Peña, Calderón es su aliado aunque, en la apariencia, no pueda verlo ni en pintura.

El problema es de Jesús Ortega que, después de ver la actuación de su aliado César Nava, ha de estar dudando si hizo buen negocio político con las alianzas. Se metió en un negocio donde puede escoger costos, pero no derivar grandes ganancias.

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El papelito y el papelón aceleraron el fin del sexenio y precipitaron la sucesión presidencial, en medio de una crisis de seguridad pública que mal gobernada puede derivar en una crisis de seguridad nacional.

El azar, desde luego, introducirá elementos imprevisibles pero, por lo pronto, el desastre partidista, el agravio a la ciudadanía y el fracaso gubernamental dominan la escena, y, en esa escena, quien paga de nuevo los platos rotos es el país. Proyectarlo en esas condiciones es muy difícil.
kikka-roja.blogspot.com/

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