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viernes, 18 de noviembre de 2016

¿Por qué ganó Trump? ¿POR QUÉ GANA TRUMP? PARA SACAR A LOS JUDIOS SIONISTAS DEL PODER

¿Por qué ganó Trump? ¿POR QUÉ GANA TRUMP? PARA SACAR A LOS JUDIOS SIONISTAS DEL PODER

YA DESPUES SACARAN A LOS PURITANOS MOCHOS IGNORANTES AMARGADOS  Y PRIMITIVOS, DEL PODER


¿Por qué ganó Trump?

Llevamos diez días leyendo y escuchando interpretaciones “sociológicas” sobre el triunfo del republicano. La mayor parte de ellas no se fundamenta en supuestos causales, probados con evidencia objetiva, lo cual requiere un análisis cuidadoso y tiempo para hacerlo. En su lugar, se derivan conclusiones fáciles de datos aislados o se da valor explicativo a simples corazonadas.

Por ejemplo, al decir que votaron por Trump los “hombres blancos sin educación superior” y no considerar el contexto regional y las tendencias demográficas y electorales, pareciera que antes lo hacían diferente o que ninguno de ellos sufragó por Hillary. Se deduce temerariamente que todos los que le dieron su voto son racistas, sin tomar en cuenta que fueron ellos los que eligieron un presidente de color en el ciclo anterior y congresistas negros o hispanos en el actual.

Lo que en todo caso vale, es comprobar si los objetivos manifiestos de la campaña se cumplieron o no. Desde el Día Uno el magnate mostró que percibía correctamente el cansancio y la insatisfacción de la gente.
Los estadounidenses ven un país abandonado, de fábricas cerradas e infraestructura decadente, y se sienten abandonados por su país, que sólo les da trabajos precarios y servicios públicos de baja calidad.

Con intervenciones agresivas, que le atrajeron reflectores y lo mostraron poco convencional, apegado a su guión de medidas drásticas que asustaron (realmente) a medio mundo, Trump buscó posicionarse como portador del cambio profundo que la población deseaba…y lo logró.

Cambio en varios sentidos:

Cambio en la conducción de la economía. El sueño americano (progreso asegurado para los que se esfuerzan y cumplen las reglas) ya no se está materializando y las fórmulas ofrecidas por los demócratas para recuperarlo son las de siempre.

Hillary representaba la continuidad, el “tercer período” de Barack, más de lo mismo. Encima quiso argumentar que el país no está tan mal y que Obama deja una economía boyante.

Culpar a la migración y al libre comercio del declive económico y proponer el cierre de las fronteras para solucionarlo, podrá ser todo lo absurdo que se quiera, pero es un cambio claro en el diagnóstico y el tratamiento. Se corresponde además con el sentido común: “Want to lose your job? Keep buying foreign”.

Cambio en la política exterior. Después del fin de la Guerra Fría los americanos esperaban vivir en un mundo más tranquilo y previsible. En lugar de ello, descubrieron nuevas amenazas y se metieron en guerras dudosas en sus motivaciones y resultados.

El ejemplo son, precisamente, los Clinton: como presidente, Bill abandonó Somalia peor de lo que estaba cuando fue a salvarlos (remember Mogadiscio); como secretaria de Estado, Hillary dejó a Libia en el caos (remember Bengasi). A falta de algo mejor, la candidata quiso acreditarse como gran diplomática por el número de países que visitó.

Apostar al aislacionismo (“America first”) y abandonar el papel de Policía del Mundo resultó más atractivo que el intervencionismo indiscriminado, la ayuda contraproducente y las complejas operaciones multinacionales.

Cambio en la forma de hacer política. Hastiados están los estadounidenses de las intrigas en Washington, de un Congreso que bloquea al Ejecutivo y de un presidente que gobierna por decreto. De políticos cínicos y escándalos que muestran su desinterés por los ciudadanos.

La exprimera dama, tan calculadora y oportunista como cualquier otro “insider”, ha sido protagonista de mucho de eso. No obstante que el electorado quería un enfoque más fresco y que su contrincante la etiquetó como tramposa (croocked), ella insistió en vender su pertenencia a la alta política y nunca pudo superar su imagen elitista, fría y distante.

Donald, al contrario, se presentó como un ciudadano alérgico a la corrección política, un no-político que dice lo que piensa, con espontaneidad, sin acudir a eufemismos hipócritas.

Se mostró como un hombre rudo, de gran voluntad, capaz de construir rascacielos, despedir a los ineficientes (en su programa “The apprentice”) y hacer cosas atrevidas (salirse de los tratados militares y comerciales, cerrar la frontera) para engrandecer de nuevo al país. Carácter mató experiencia.

Algo similar había sucedido antes: en 1999 el luchador (y mal novelista) Jesse Ventura llegó a gobernador de Minnesota y en 2003 el fisicoculturista (y mal actor) Arnold Schwarzenegger se convirtió en gobernador de California.

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