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martes, 27 de febrero de 2007

Miguel Ángel Granados Chapa

El corporativismo
plaza pública

Repitamos el manido lugar común: si Javier Blanco Sánchez reviviera, y supiera de la simpatía mutua que se expresaron el sábado Joaquín Gamboa y Felipe Calderón, volvería a morir. O quizá no. Una persona de su bonhomía y su humor hubiera lanzado una carcajada al ver esa unión de los presuntos opuestos que son en realidad iguales. Blanco Sánchez nació en Guadalajara en 1926 y apenas se graduó de abogado en la Universidad Nacional, inició una militancia activa en el Partido Acción Nacional. Le correspondió vivir la época dura del enfrentamiento con los caciques regionales. En los comicios locales mexiquenses de 1948 fue representante general de su partido. En esa función se hallaba en una casilla en Cocoxquitlán de donde lo expulsaron, pistola en mano, el comandante y el diputado local Dionisio Pérez, antes que el legislador se llevara la urna a su casa.

Triunfó en las de 1961, en el tercer distrito capitalino. Fue la primera vez que su destino político se aproximó al de Joaquín Gamboa Pascoe, abogado como él, egresado también de la UNAM pero representante postizo de sindicatos cetemistas, posición a la que lo acercó su parentesco político no se si con Fidel Velázquez o Jesús Yurén. Gamboa fue también diputado en esa legislatura por el 18º. distrito. Coincidieron de nuevo seis años más, tarde, en la 47a. Legislatura, Blanco Sánchez diputado por el 9º.. distrito y Gamboa Pascoe por el 13º.. Allí, en una comarca que comprendía Azcapotzalco, pretendió el dirigente cetemista ser elegido de nuevo en 1973, y allí fue a buscarlo Blanco Sánchez, que lo derrotó de modo clarísimo, en un lance que los jefes cetemistas no leyeron bien.

En septiembre de ese mismo año murió Yurén, a quien había correspondido encabezar a la federación cetemista en el Distrito Federal. Gamboa Pascoe heredó el cargo y por consecuencia la posición senatorial que habían ocupado Velázquez y Yurén alternativamente. Como senador de 1976 a 1982 fue también líder del control político de su cámara, por encargo de su antiguo compañero de aulas universitarias José López Portillo. Fue postulado de nuevo en 1988 y por segunda vez lo derrotó la oposición, aunque esta vez no fue la panista la autora de su tragedia, sino la formada por sus antiguos compañeros de partido Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Navarrete. A partir de entonces Gamboa Pascoe no aceptó más, o no le fue propuesta, candidatura alguna a cargos de elección popular. Ya no coincidió, por lo mismo, de nuevo en la Cámara con Blanco Sánchez, que fue a la de diputados por última vez de 1982 a 1985, ya como diputado de representación proporcional, pues aquel año fue nefasto para la pluralidad política, ya que de 300 bancas en disputa por mayoría, el PRI que hizo elegir entonces a Miguel de la Madrid obtuvo el triunfo en 299. (Naucalpan fue la excepción).

Resguardado en sus negocios particulares como abogado de empresas de transporte, donde atendía los intereses encontrados de los zares políticos de esa actividad, Isidoro Rodríguez y Rubén Figueroa, y en la dirección de la cada vez más imperceptible CTM capitalina, Gamboa Pascoe vio morir a Fidel Velázquez en junio de 1997 y a su sucesor Leonardo Rodríguez Alcaine en agosto de 2005, momento en que ascendió al puesto principal de la menguante Confederación que recibió jubilosamente a Calderón el fin de semana pasado.

Vicente Fox en el gobierno pasado, y Calderón en el todavía incipiente que encabeza se avinieron muy rápidamente con el corporativismo sindical. Lejana la prédica panista contra el caciquismo en las agrupaciones de asalariados, aparecieron las mutuas conveniencias que se manifiestan cotidianamente. La jefa de la mayor corporación sindical de México, Elba Esther Gordillo, comparte con Calderón funciones de gobierno, tras haber influido de modo determinante en su elección (tanto en la superficie como en los sótanos del proceso). Víctor Flores puso la conducción del Congreso del Trabajo, en cuya cabeza permanece contra las normas internas, al servicio del gobierno panista y de la nueva central que, organizada desde la Secretaría del Trabajo por Francisco Javier Salazar, se mueve muy a gusto en la cercanía de antiguos liderazgos que sus dirigentes antaño denostaron. Precisamente una de las razones de la persecución a Napoleón Gómez Urrutia estriba en que estorbaba el entendimiento del Congreso del Trabajo con el secretario del ramo.

Por supuesto que un gobierno, especialmente uno que vence a un adversario dueño de las piezas del sistema político, no puede declarar la guerra al corporativismo sindical, pues de hacerlo afectaría la gobernabilidad del país. Pero conforme a los viejos principios y también a una política realista podría distanciarse de los sindicatos priistas, para no cohonestar sus prácticas, lesivas de los intereses generales. En vez de una sana distancia Fox y Calderón gozan una cachonda proximidad con las mafias sindicales.


Kikka Roja

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