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miércoles, 4 de julio de 2007

Llorar por México

Alejandro Nadal

Dicen que la composición química de las lágrimas es distinta según las emociones que las provocan. Cuando el llanto es causado por el dolor del alma, contienen 24 por ciento más proteínas que cuando las produce alguna irritación. En especial llevan más prolactina, proteína que regula la producción de leche materna. Pero eso no nos dice nada sobre las lágrimas de La Llorona, porque su llanto es de dolor y de rabia. El mito de La Llorona es uno de los más sobrecogedores en el imaginario colectivo de México. Nace de la diosa Cihuacóatl, señora que aparecía de noche y "voceaba y bramaba en el aire", según la narrativa de fray Bernardino de Sahagún. Con su velo blanco y cabello arreglado con cornezuelos cruzados en la frente, aparecía sobre las aguas del lago de Texcoco aterrorizando a quien la escuchaba, llevando el presagio de la conquista a los habitantes de la gran Tenochtitlán. Esa profecía se transforma en Anunciación, pues la Cihuacóatl también es, de acuerdo con Sahagún, Tonantzin, quien será la antecesora directa de la Vírgen Morena, alguien que también lloraría su hijo. El mito evoluciona y surge La Llorona, mujer que clama por la pérdida de sus retoños.

En la madrugada del 2 de julio, a un año del turbulento episodio de las elecciones presidenciales, un talentoso colectivo de arte puso en escena una idea de la escritora y guionista Susana Cato en el Zócalo de la ciudad de México y en algunas calles del Centro Histórico: La Llorona apareció nuevamente. Esta creación es una amalgama de mitos antiguos y tragedias contemporáneas. La efigie de seis metros con manto blanco y suelta cabellera negra, fue acompañada de un audio con el lamento por las desdichas que afligen al país. En el catálogo de tragedias no hay escasez de tribulaciones: desde las muertas de Juárez, hasta los difuntos de Atenco, pasando por los caídos en la lucha de los pueblos de Oaxaca, el tormento de doña Ernestina en Zongolica, el asesinato de Aldo Zamora en las Lagunas de Zempoala, culminando con la bendición de la jerarquía religiosa para los pederastas. Hasta la pérdida de nuestra tortilla y de nuestras variedades de maíz tuvieron eco en las lamentaciones de La Llorona. Sobre todo, la desintegración de lo que quedaba de las instituciones en la vorágine del fraude electoral hace un año, todo desfiló en los gemidos y aullidos estremecedores de La Llorona versión siglo XXI.

Dirán algunos que la economía estuvo ausente en la lista de lamentos. Es cierto que no hubo gemidos explícitos por el quebranto en las finanzas públicas, la estafa del rescate bancario y la explosión de la deuda pública interna. No se escucharon sus quejidos por la contracción monetaria, el altísimo costo de la intermediación bancaria o el desequilibrio en las cuentas externas. Tampoco se escucharon sus lamentaciones por la terrible y desvergonzada concentración de la riqueza que ha convertido a México en uno de los países con mayor desigualdad en la Tierra. Pero no hay que engañarse. Quizás ella no ha escuchado hablar de los Pidiregas, pero sabe reconocer a un truhán y a un lacayo a siete leguas de distancia.

La portentosa máquina productora de pobreza en que se ha convertido la economía mexicana fue el telón de fondo de la queja de La Llorona por los 60 millones de pobres. Ella sabe que el desempleo abierto y disfrazado que hoy marca a la economía mexicana es descendiente directo de la masa de léperos, pelados y otros descastados de tantos siglos de injusticia en nuestra historia. A La Llorona no le cuentan cuentos los de Sedeso. Conoce de sobra cómo viven los marginados de hoy. La economía también estuvo en las lágrimas por los migrantes obligados a enfrentar el peligro del viaje hacia los desiertos del norte. La heredera de la Cihuacóatl sabe bien que no son forzados manu militari a salir de sus caseríos y pueblos, sino que son obligados por otros poderes fantasmagóricos e implacables, tan invisibles como efectivos: las fuerzas del mercado. No desconoce a los pillos disfrazados de tecnócratas que han desatado a estos nuevos guerreros.

Después de su recorrido por las calles del Centro Histórico, La Llorona se quedó al pie de la monumental asta bandera. Algunos pensaron que se trataba de una ofrenda, pero estaban equivocados. Rodeada de veladoras, se quedó haciendo guardia frente al asta bandera vacío. Una composición de símbolos de alcances cósmicos. ¿Qué hubiera pasado si a la mañana siguiente, al toparse con La Llorona, los asustados guardias presidenciales hubieran izado la bandera nacional volteada de cabeza? Hubiera sido lo más atinado. En muchos países, y sobre todo en algunos viejos códigos de navegación internacional, el pabellón de cabeza significa que una embarcación está en dificultades y pide auxilio. Eso se aplicaría perfecto a México: la nave de la República está en peligro y necesita ayuda.

Kikka Roja

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