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jueves, 10 de enero de 2008

AGUSTIN BASAVE BENITEZ : Libros

Agustín Basave Benítez
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Un filósofo que no cayó en incongruencia

Fecha: (1/8/2006)

Secretaría de Extensión y Cultura

El afán de plenitud subsistencial que expresó en la frase “todo ser en cuento es tiende a ser en plenitud”, Agustín Basave Fernández del Valle la buscó y practicó en todos los sentidos de su vida FOTO

Por Edmundo Derbez García

Siendo director de la Facultad de Filosofía en los turbulentos años sesentas, cuando recibió amenazas de secuestro o en su casa impactó una bomba molotov que no llegó a explotar, Agustín Basave Fernández del Valle, un católico que cumplía a cabalidad las reglas de su fe, era capaz de contar en sus círculo de amistades a quienes no compartían su ideología. Él estaba convencido, no sólo desde el punto de vista racional, de que el amor debía regir la existencia y en muchas ocasiones lo demostró, sobre todo con el perdón.

Por eso, no fue casualidad que su último libro fuera La civilización del amor, obra editada póstumamente por el Fondo de Cultura Económica que contiene su ideal de la existencia como dádiva de amor que compromete a vivir amorosamente. Para la doctora Luz García Alonso, a quien le unió la amistad y la afinidad intelectual, Basave concibió la civilización del amor “como arraigada en el Dios amor y el amor al prójimo es una muestra del amor a Dios”.

“Si una cualidad tuvo por encima de muchas otras -afirmó su hijo, Agustín Basave Benitez-, fue la congruencia entre su vida y su obra, muchas de las ideas que escribió, las llevó a la praxis”. El afán de plenitud subsistencial que expresó en la frase “todo ser en cuento es tiende a ser en plenitud”, la buscó en todos los sentidos. Trató de ser un hombre completo, ampliando cada vez más el horizonte de sus conocimientos, por eso su biblioteca, que estará ubicada en la Biblioteca Universitaria “Raúl Rangel Frías”, contenía libros de ciencias exactas, de lógica, de matemáticas.

Sergio Valdés Flaquer, quien en 1943 se desempeñaba como titular de la cátedra de teoría general de las obligaciones y contratos siendo Agustín Basave estudiante de los grados segundo y tercero, recordó que el talento, la dedicación y el empeño fueron la constante durante su paso por la Facultad de Derecho. “Los PB, máxima calificación que entonces se otorgaba a los estudiantes, fueron monopolizados por él”. Años después, con toda mesura, actuaba como una especie de moderador en las discusiones semanales que sobre problemas sociales, económicos y políticos o de cualquier otra índole, sostenían un grupo de profesionales, integrado entre 1950 y 1960, por José G. Martínez, Alberto Margáin Zozaya, Arturo Salinas Martínez, Luis Santos de la Garza, Emilio Guzmán Lozano.

“En ocasiones la pasiones se trataban de desbordar al defender los puntos de vista respectivos, Agustín, con su autoridad intelectual y serenidad, hacía que se encausaran de nuevo las exaltadas discusiones”.

En su última enfermedad, Valdés Flaquer recuerda que lo encontró “como siempre, entusiasta y afable, cuando nos despedimos, sentí que esa sería la última vez que conversábamos”.

Rindió homenaje al amigo leal, sincero, honesto y cordial que lo distinguió con se afecto y le mostró con sus enseñanzas cómo transitar por esta vida, por el camino de la verdad con fortaleza y serenidad y dentro de las normas de la ética más exigente. “Mucha gente –subrayó Basave Benitez- creía que mi padre era una especie de dictador en la casa, y no, dejó a cada uno de sus hijos vivir y actuar en libertad. El mejor homenaje que puedo rendirle es decir que soy diferente a él y hubo una discrepancia fundamental, grave, profunda e irreconciliable, el fue tigre y yo rayado”.

Advirtió que “si un filósofo no vive aquello en lo que piensa, cae en flagrante incongruencia”.

Su padre entendió el catolicismo como una religión incluyente de manera que no fue intolerante ni excluyente, sobre la democracia como vocación del hombre, la defendió cabalmente en su vida política y personal, incluso familiar. “Cuando estaba muy próxima su muerte, cuando ya casi no podía hablar, y mi hermana le preguntó por qué si era tan doloroso su proceso de agonía no dejaba de luchar, la última frase que atinó a articular fue: todo ser en cuanto es tiende a ser en plenitud”.

Kikka Roja

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