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viernes, 10 de abril de 2009

¿Por qué somos felices?: Raymundo Riva Palacio

¿Por qué somos felices?
09 Abril 2009
Raymundo Riva Palacio
http://ejecentral.com.mx/
Distrito Federal– Lo cotidiano es echar pestes. Responsabilizar al gobierno de lo que nos pasa, adjudicar a terceros la mayoría de nuestros males, y buscar en el vecino el origen de nuestra frustración. Ver siempre la paja en el ojo ajeno no es un mero refrán popular, sino es una descripción de nuestra personalidad. ¿En quién creemos? O mejor dicho, ¿en quién no creemos? Todas las encuestas coinciden. Los mexicanos no creemos en el gobierno, ni en los sindicatos, ni en los partidos políticos ni en el Congreso. O sea. No creemos la mayoría en todo el establecimiento político, en quienes nos gobiernan y hacen leyes.

¿Por qué no se les quiere? Ninguna encuesta da respuestas claras. No hay esa profundidad en los estudios realizados. Una encuesta internacional reciente de la empresa de relaciones públicas Edelman, muestra que la incredulidad de los mexicanos con su gobierno (44%), no es muy distinta a la percepción que tienen en el resto del mundo sobre sus propios gobiernos (43%). Otro estudio, de World Values Survey, dice que el 41% de los mexicanos están insatisfechos con la democracia. El tercer dato lo da el propio Survey internacional: en 1990, cuatro de cada 10 mexicanos afirmaban que era válido dejar de pagar impuestos, pero una década después, casi siete de cada 10 decían que era válido no pagar los impuestos.

¿Qué significa? Si uno ve todos los datos negativos agrupados, hay una enorme insatisfacción con el rumbo que ha seguido el país desde que se anunció a los cuatro vientos que entrábamos a la transición democrática. Los mexicanos, está claro, no han visto la utilidad de haber transitado hacia un régimen democrático, ni encuentran en la alternancia del poder una razón suficiente para celebrar. No han descubierto cómo la democracia les mejoró la vida –porque en efecto, en los satisfactores materiales y existenciales inmediatos eso no se aprecia–, ni tampoco han visto cómo aquellos responsables de administrarla –el establecimiento político– han logrado llevarla a puerto de feliz destino.

Factores como mayor protección de las garantías individuales, la libertad de prensa, vigilancia constante sobre los actores públicos o mecanismos de rendición de cuentas, no son apreciados porque eso no se traduce –ni tendría que ser de manera automática– en mejores salarios y niveles de vida. La parte de la evasión fiscal sí tiene que ver con un bueno o malo gobierno. ¿Por qué tanta proclividad a la evasión? Porque los impuestos, que sirven para mejores servicios municipales, transportes, salud, educación y sobretodo seguridad, no se traducen en una mejor calidad de vida para todos.

La mexicana es una cultura jerárquica, vertical, que necesita de figuras fuertes. No es una cultura cuyo sustento emocional se dé en la sociedad misma, a través de la comunidad, sino mediante la red familiar que sigue sirviendo como un manto protector de todo tipo, desde lo emocional hasta lo económico. Ello podría explicar de alguna manera el desprecio por el gobierno, que no provee esos satisfactores existenciales, y las altas calificaciones que tiene en todas las encuestas nacionales el presidente Felipe Calderón. Cultura presidencialista, al líder se le venera, aunque su gestión como gobernante vaya creciendo en opiniones negativas.

La figura fuerte, en términos de credibilidad, la tiene, sin sorpresa alguna, la iglesia, de acuerdo con el World Values Survey, y muy cerca los maestros. La iglesia es el sustento de todo, el refugio, el remanso de entre los golpes, la esperanza. No hay traiciones, no hay confrontaciones. Hay una figura que siempre habla del porvenir. La fe es lo que al final queda. Comprender todos sus misterios no es un asunto mortal; el amor al prójimo, o cuando menos sentir en el momento de la conexión celestial que se ama al próximo, sí lo es. Los maestros es otra elección lógica. ¿En quién deposita uno el destino diario de sus hijos? ¿Quién es el consejero más directo y frecuente, con quien comparten la vida de uno mismo que se extiende a los hijos? Tampoco hay confrontación. Por el contrario. Hay ayuda y contribución sostenida en la construcción del hijo, la aspiración de todo padre que se enorgullezca de serlo.

Esta es una sociedad teológica, que se mueve a través de esos resortes. No es una sociedad que se haya formado bajo el concepto de ciudadanos o de mejores formas de organización social, como son las sociedades políticamente maduras, y casi de manera natural democráticas. No es en el trabajo colectivo comunitario, de exigencia de derechos y aceptación de obligaciones. Eso no lo queremos. Deseamos, vistos los resultados consistentes a través de los años, la vida interior o con aquellos con quienes podemos compartir ampliamente esa vida.

Quizás por eso somos una sociedad feliz. No importan las crisis, los sinsabores políticos, las confrontaciones entre esos que manejan nuestro destino. Les prestamos atención cuando se visten de guerra y se pelean.

Cuando no, ni los oímos ni les creemos. Pero desde 1970 que el World Values Survey incorporó la pregunta a los mexicanos de que si eran felices, la respuesta ha sido sí. Increíblemente, a lo largo de 35 años, cada año somos más felices que el anterior

kikka-roja.blogspot.com/

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