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domingo, 10 de mayo de 2009

La pesadilla orwelliana: J.M. Servín

La pesadilla orwelliana
Epidemia en la ciudad de las distopías

J.M. Servín

Ciudad de México (10 mayo 2009).- No hay nada más asombroso en este País que su capacidad para convertir el miedo colectivo en una pretendida alianza solidaria entre gobernantes y gobernados. Lo que comienza como una alerta máxima de seguridad nacional, se transforma en una comedia de enredos, pues las autoridades, en su afán de convencernos de la pertinencia de sus decisiones, sólo incrementan el desconcierto y el malestar generalizado, debido a las incongruencias entre la realidad inmediata de las mayorías respecto al sacrificio que se les pide.

Desde que el Secretario de Hacienda Agustín Carstens diagnosticó como un "catarrito" los efectos de la recesión económica mundial en México, pareciera que el alud de contingencias que azota al País es provocado por un mal fario.

De pronto, la Ciudad de México despertó el 23 de abril con la estremecedora noticia de que un virus de influenza porcina, desconocida hasta entonces, se propagaba como epidemia, obligando a las autoridades federales y locales a imponer severas medidas sanitarias. Gobernantes y gobernados se identificaron compartiendo su pánico a través de una impresionante e inédita campaña informativa que acaparó los espacios de todos los medios de comunicación.

La insoportable arrogancia de una clase media pretendidamente informada contraatacó con burdas teorías conspiracionistas: Un ataque terrorista biológico que buscaba matar a Barack Obama en su visita a México; el Gobierno de Estados Unidos busca apoyar, con una epidemia inexistente, a la economía de su país o a las grandes empresas farmacéuticas; ocultar los problemas que sufre México y fortalecer al PAN en las elecciones del próximo mes de julio; una conspiración del Gobierno mexicano y los medios de comunicación para ocultar, al contrario de la versión anterior, la gravedad de una epidemia incontrolable que ha dejado millares de muertes; una conspiración de los productores de res (o de pollo) para afectar a los porcicultores.

Por si fuera poco, el lunes 27 de abril antes del mediodía, un temblor de 5.7 grados Richter sacudió a la Ciudad de México. Estaban dadas todas las condiciones para que la paranoia colectiva apoyara las apresuradas y arbitrarias medidas de ambos gobiernos. Durante los primeros días de la contingencia, los capitalinos convirtieron los cubrebocas en un codiciado accesorio de moda. A pesar de que los mentados trapitos azules son inútiles, pues su porosidad permite fácilmente el paso de las partículas y, además, es poco viable que el virus pueda transmitirse por el aire sin estar en contacto con alguna superficie, así lo reconoció Miguel Ángel Lezana, director general de Vigilancia Epidemiológica y Control de Enfermedades de la Secretaría de Salud. Si acaso, los protectores han cumplido una función simbólica de reprimenda a nuestra manía de opinar y hacer juicios a la ligera de todo, tal y como lo hacen los verborreicos líderes de opinión de radio y televisión, especializados en cualquier tema a fuerza de subir el rating.

—Me preocupa que no haya pasaje, lo demás me vale madre. El que tiene que morir morirá, ¿a poco no, joven?—, comenta un taxista que me lleva a la desolada Colonia Roma la tarde del jueves 30 de abril.

No le falta razón al chafirete. Ante lo que ocurre cotidianamente en la capital del País, la epidemia de influenza conocida ahora como A H1N1 y de cepa mutante, es una calamidad más en una ciudad que desde su fundación ha sobrevivido a terremotos, pestes, invasiones armadas, delincuencia, debacles financieras, corrupción e impunidad. El chilango es un sobreviviente nato que al igual que el resto de sus compatriotas, tiene una alta resistencia al castigo que lo lleva a tomar riesgos innecesarios y menospreciar sus consecuencias. Su aparente valemadrismo disimula su identidad con una cultura altamente religiosa que pondera el sacrifico y la resignación. Nuestros gobernantes lo saben.

Durante los primeros días de emergencia sanitaria recorrí a pie buena parte del Centro Histórico en busca de tapabocas y alcohol medicinal. Pese a las afirmaciones del Gobierno local y federal de que el abasto de estos productos estaba garantizado, en todas las farmacias que encontré había anuncios de cartulina que contradecían el optimismo oficial. Las compras de pánico, el acaparamiento y los abusos eran de esperarse.

Fue hasta el miércoles 29 que conseguí los profilácticos en un Sumesa de la Colonia Juárez. En la calle, ante la complacencia de tirios y troyanos, dos franeleros vendían a la discreta las telitas, ocultas en una bolsa negra de supermercado.

De común acuerdo, los Gobiernos federal y del DF restringieron las actividades sociales y comerciales. Obligaron el cierre temporal de restaurantes, bares y giros similares. Para cuando el presidente Calderón dirigió un efusivo mensaje a la Nación en cadena nacional, conminándola a quedarse en casa y aprovechar el tiempo con la familia, los millones de televidentes ya sabían a qué atenerse. Sólo que esta vez, el miedo a lo desconocido y la incertidumbre, más que la conciencia ciudadana, fueron determinantes para aplicar eficazmente las medidas al vapor.

El asueto obligatorio se confabuló con el puente del 1 de mayo para inmovilizar la Ciudad. Orson Welles estaría fascinado. Ambos Gobiernos (federal y capitalino) se atribuyeron facultades excepcionales fundamentando un consenso a través del miedo. Hay que tener claro que una cuarentena no cura a nadie, pero contribuye a evitar que la transmisión de la enfermedad se propague. De cualquier modo se estima que generalmente el 10 por ciento de la población la viola.

Para los capitalinos, la vida está en las calles y resulta comprensible que haya quienes se resistan a un autoarraigo domiciliario. Durante un recorrido en el primer cuadro de la Ciudad que incluyó la zona de la Merced, llamó mi atención los cientos de paseantes con actitud desganada y semblante aburrido. Para entonces, ya ni las prostitutas de Circunvalación usaban tapabocas. Los comercios cerrados, el sol agobiante y una desangelada y poco concurrida manifestación con motivo del 1 de mayo frente a Palacio Nacional, sólo hizo más deprimente la respuesta a la alerta sanitaria. En la plancha del Zócalo, algunos trabajadores terminaban de montar una enorme carpa blanca, parecía un funesto presagio de lo que se avecina: un hospital móvil para atender a víctimas de la epidemia.

El Consorcio es una cervecería en la Avenida Bucareli, a un lado del edificio donde vivo, a unos pasos de la Secretaría de Gobernación. Da servicio continuo todo el año, aun durante los frecuentes cierres de calles por plantones y marchas. Bromeando, yo aseguraba que sería el único lugar abierto después de la Hecatombe. Me equivoqué, el sábado 2 de mayo sus cochambrosas cortinas presumían unos flamantes sellos de clausura.

¿Qué queda de una ciudad donde se prohíbe la celebración y el festejo? El orden restrictivo como su contraparte brutal y angustiante, inhibe las manifestaciones carnales de amor y amistad a riesgo de morir por un contagio viral. El manejo informativo de la epidemia nos ha hecho sentir inermes ante la adversidad, a menos que seamos obedientes, pero esto no significa un triunfo de nuestros gobernantes ni de la sociedad civil.

La desolación en las calles fue para algunos una oportunidad de disfrutar del trino de los pájaros y el aire aceptablemente limpio. Pero también permitió apreciar el descuido de plazas y jardines, infestados de basura y refugio de indigentes que a nadie importan. ¿No deberían ser ellos las primeras víctimas de una epidemia?

Un vendedor de barbacoa en la calle de Pugibet, se quejaba:

—Ahora tenemos que escondernos hasta para comer.

Así es, amigo, pensé, es la pesadilla totalizadora en el país del taco callejero.

Pese a su fama de cínicos e indolentes, los chilangos aceptaron de buen modo la contingencia. Sin embargo, quedó en entredicho la reputación de una capital mundialmente conocida como vibrante y desparpajada, donde la endeble legalidad es tan sólo un estimulante del ocio transgresor. Por el momento, triunfó el control y la vigilancia omnisciente.

La simulación y el miedo obtuvieron el consenso mayoritario. Otra clase de desquiciamiento nos espera. La pesadilla orwelliana encontró campo fértil en la capital que lleva amplia ventaja a cualquier especulación futurista.

Escritor mexicano


kikka-roja.blogspot.com/

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