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martes, 7 de julio de 2009

Un fantasma recorre México: Agustín Basave

Un fantasma recorre México
Agustín Basave
06-Jul-2009
La disputa por el poder es de minorías y la lucha por el bienestar es de mayorías: una genera violencia política y la otra puede detonar, si no corregimos el rumbo, violencia social. Si bien la polarización en torno a López Obrador ha disminuido, la crispación sigue latente.

Hay vida después de las elecciones. Muchos mexicanos amanecemos hoy escépticos de nuestra supervivencia, pero al vernos en el espejo nos damos cuenta de que todo sigue igual. Los rumores sobre operativos justicieros que acabarían con la impunidad de la narcopolítica resultan infundados y los esperanzadores anuncios de la muerte de las campañas negras quedan en una notificación de su cambio de domicilio de la televisión a internet. El rastro de los spots es, por lo demás, un galimatías que pasa por todos lados y no acaba en ninguna parte. Así pues, estamos vivos pero no sentimos nada. Lo único que nos reconcome es la nueva energía ciudadana expresada en el movimiento del voto nulo que, en términos periodísticos, se lleva la nota.

El marasmo terminará pronto, sin embargo, y no por las buenas razones. A partir de ahora dos peleas encarnizadas saldrán de la clandestinidad: la de los que buscan la Presidencia de la República en 2012 y la de quienes intentan sobrevivir a la crisis socioeconómica de México. La primera se disfrazó de temas de campaña y la segunda se escondió tras una cortina de financiamiento efímero que postergó los efectos más nocivos de una economía terriblemente deteriorada. Pero ambas son ya inocultables, y cada día que pase serán más evidentes y peligrosas. La disputa por el poder es de minorías y la lucha por el bienestar es de mayorías: una genera violencia política y la otra puede detonar, si no corregimos el rumbo, violencia social.

He aquí el desafío en este precoz fin de sexenio. Todos tenemos que impedir que se suelte el tigre mexicano, porque todos perderemos si no somos capaces de dirimir nuestras discrepancias sin abrir la puerta al caos. Y es que, como he dicho en otras ocasiones, nuestro pasto social está seco y debemos guardar los cerillos mientras lo regamos. El aumento del desempleo y de la pobreza, el desbocamiento del crimen organizado y hasta el simbolismo milenarista (o centenarista), todo empuja en la misma dirección: 2010 como el año en que viviremos en peligro y 2011 como la última prueba de sensatez. El problema se empezó a agudizar en la anterior contienda electoral, y si bien la polarización que se generó entonces en torno a la candidatura presidencial de Andrés Manuel López Obrador ha disminuido, la crispación sigue latente. Hay que atender sus causas, que son la injusticia social y la exclusión política.

Lo vengo advirtiendo desde hace cuatro años. Permítaseme citar algo que escribí en el primer artículo de mi segunda etapa en Excélsior (“Democracia hemipléjica”, 11/IX/06): “La política se hace de una realidad y muchas percepciones. En la mente de los perredistas, de la gente que fue y es de izquierda, la especie de que había que impedir el triunfo de López Obrador a cualquier precio sigue reverberando. Para ellos es la repetición de 1988, de todas las elecciones en las que se les hizo fraude para impedir que llegaran al poder. Por eso la frase de que en la democracia nadie pierde para siempre no les hace mella. Porque perciben que existe la consigna de no dejarlos ganar, de pararlos a la mala. Y se trata de una percepción que en este proceso electoral algunos se empeñaron en fundamentar. Esos que… contribuyeron a engrosar en un futuro no muy lejano las filas de la izquierda violenta. Y es que la más deplorable consecuencia de la iniquidad y de las turbiedades del proceso y de la negativa del Tribunal Electoral al recuento total de los votos es que no son pocos los izquierdistas que se están convenciendo de que por las buenas nunca los van a dejar llegar”.

Es anómalo que el país de las desigualdades no haya sido gobernado por la izquierda. El más soslayado y terco de los datos duros en México —el tercio de nuestra población sigue descalificando los comicios de 2006— explica el considerable número de izquierdistas decepcionados de nuestra democratización al grado de creer que sólo la movilización desestabilizadora puede llevarles a la Presidencia. La mezcla de esta percepción de veto a la izquierda con la miseria y la inseguridad y con la misma política económica y social da como resultado una gobernabilidad asaz frágil. Y no estoy hablando sólo del riesgo de la guerrilla. A menudo se nos olvida que entre la izquierda armada y la izquierda democrática hay un punto intermedio, un paraje donde una parte de los socialistas mexicanos se siente a gusto y donde detuvo su peregrinaje de la revolución a la democracia. Es la insurgencia civil, la vía boliviana, la protesta en el filo de legalidad e ilegalidad que presupone que sólo haciendo ingobernable el país podrán llegar al poder.

Lo que viene es un Congreso enconado. Un PRI fortalecido que probablemente deje atrás su estrategia de colaboración con el gobierno para erigirse en opositor, un PRD cuya fractura dificultará la negociación y un PAN que tenderá a dividirse entre los calderonistas y quienes intentarán recurrir a la estrategia calderonista de rebelarse contra el sometimiento del partido al Presidente. Salvo a los incondicionales de Felipe Calderón, a todos les convendrá presentarse ante el electorado como oposición y contribuir al fracaso del gobierno. Con esa correlación de fuerzas políticas, ¿cómo se va a hacer frente al peligro del desbordamiento social? Cuidado con la tentación autoritaria y militarista, que es la peor de las salidas, como el conflicto hondureño nos lo está recordando. La solución es un nuevo acuerdo en lo fundamental cabalmente incluyente, que incentive el aggiornamento de la derecha y de la izquierda. Si no empezamos a forjarlo, el fantasma de la ingobernabilidad puede adueñarse de México.

abasave@prodigy.net.mx
kikka-roja.blogspot.com/

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