La sociedad narca
Lorenzo Meyer
18 Dic. 08
Es en defensa propia que debemos conocer a la sociedad narca y Julio Scherer nos abre una ventana para verla de muy cerca
Un mundo raro
El problema
En México, el choque entre la fuerza del mercado ilegal y las estructuras de autoridad amenaza con desembocar en ingobernabilidad. Si a la pujanza del narcotráfico se le suman la crisis económica -el Instituto Mexicano de Ejecutivos de Finanzas acaba de informar que el año próximo la economía decrecerá en 1 por ciento- y un sistema de partidos donde el que está avanzando -el PRI- es el mismo bajo cuya mirada complaciente nació, creció y se fortaleció el narcotráfico, entonces tenemos que concluir que el futuro pinta mal.
Lo que sabemos
Lo que apenas conocemos
Lo que Scherer ofrece es una vista parcial de las formas de vida que rigen en la sociedad de Ávila porque difícilmente ella contaría a los de fuera su auténtica biografía. Y es parcial por dos razones adicionales. Primero, porque aunque mujer singular, la Reina del Pacífico fue habitante de un mundo dominado en grado extremo por los valores del machismo, lo que le obligó a ser un actor subordinado. En segundo, porque nació, creció y maduró entre la élite del narcotráfico; su experiencia es propia de quien se movió entre los jefes y su círculo inmediato, muy distinto al del sicario común o el narcomenudista.
Esta obra de Scherer, como el resto de su bibliografía, es breve pero contiene lo esencial. Cada segmento de la conversación entre el periodista y la acusada no tiene desperdicio en palabras o ideas. Un resumen sería injusto. Sin embargo, en los diálogos destaca lo extraordinariamente violento, cruel y rápido de la vida en el narco. A los 18 años Ávila fue raptada y a estas alturas ya ha experimentado, según su propia visión, tres veces la viudez producto de otros tantos asesinatos. Primero el de su esposo, después el de quien ella llama su marido y finalmente el de su novio. También su hermano fue asesinado y su hijo secuestrado y liberado tras pagar millón y medio de dólares. Varias veces ha experimentado la angustia de vivir bajo amenaza o en fuga.
De las andanzas de la Reina del Pacífico, de la naturaleza de sus experiencias, queda claro que no hay diferencia entre los capos del narco y agentes del gobierno. Su esposo fue primero comandante de la Policía Judicial en Durango y luego se trasladó abiertamente al campo del narco. A su marido lo conoció como militar, luego fue policía y terminó en la sociedad narca. "Mi esposo tenía muchos amigos del gobierno, como le digo, militares, federales. Manejaba Culiacán como si le perteneciera...". Más adelante afirma: "Los narcos ya imponen autoridades a la luz del día, imponen a los presidentes municipales, los jefes de seguridad, los que les importan. Me he ido acostumbrando a esa realidad". En las grandes fiestas en la sierra, vio convivir a los jefes del narco y a los federales como miembros de una sola y nada santa hermandad.
En el mundo de Ávila las fronteras nacionales significan poco. Lo mismo se instaló un tiempo en Brasil que otro en Bolivia. En Tucson la detuvieron con un maletín que contenía millón y medio de dólares, pero la dejaron libre. Cuando consideró imperativo que su hijo se fuera a Canadá, a un internado, el dinero allanó todas las dificultades.
La solidaridad y la brutalidad se combinan sin dificultad en la sociedad narca. Por un lado "El día que un narco cae en prisión, su cártel le pone abogados, compra un departamento para el día que recupere la libertad, protege a su familia de todo a todo y toda la vida". Por otro "Con una acusación sin comprobar, en el mundo del narco se puede dictar sentencia de muerte a cualquiera". Si en un tiempo esposas e hijos no eran objeto de la venganza, ahora lo son.
En un punto Scherer confronta a Ávila: "¿No le ofende tanta riqueza /la suya y la de la sociedad narca/ en un país tan pobre?", y ella responde: "El país se ha ido haciendo así y yo no lo hice así. Habría que preguntarle a los políticos y empresarios, a los del tráfico de influencias, si ya se cansaron de ganar dinero". Desde su perspectiva "cada cual es libre para consumir la droga o rechazarla. Se es adicto por voluntad propia". Por otra parte "El narco se extiende y su dinero hace posible que pueblos y familias enteras del campo dejen el hambre".
En algún momento, Ávila opina sobre la política del gobierno: "Anoche vi al presidente en la tele. Dijo que la guerra contra el crimen organizado será cruenta y larga, pero sin duda la ganará el gobierno y ya la va ganando. Yo no creo que así vayan a darse las cosas... El narcotráfico y la corrupción forman parte de un mismo problema. Se alimentan... No hay manera de combatir el crimen organizado sin combatir la corrupción del gobierno. La guerra es una sola y no habrá manera de ganar media guerra". Para la Reina del Pacífico todo es una gran injusticia: a ella se le acusa de algo que no se le ha probado pero tiene que vivir el infierno de la cárcel mientras constata que: "Vicente Fox y Marta Sahagún vivieron como quisieron y robaron como les dio la gana. Ahora, ni quien se meta con ellos".
"En la sociedad narca la riqueza como que brota... un día eres pobre y al siguiente millonario", dice Ávila. El costo de tamaña oportunidad, la muerte violenta, es uno que los narcos ya decidieron pagar. Esa decisión, en un medio donde la corrupción diluye la diferencia entre criminal y autoridad, imprime una fuerza extraordinaria al narco y un sentimiento de impotencia y rabia a la inmensa mayoría de los mexicanos que ven cómo el país marcha por un mal camino.













