13 de julio de 2012 • 06:33
JUAN VILLORO
Cuando San Agustín vio leer a San Ambrosio a fines del siglo IV, fue testigo de una peculiar manera de expresar la devoción: el sorprendente erudito leía en silencio.
Agustín atesoró la escena y no dejó de incluirla en sus Confesiones: "Cuando Ambrosio leía, pasaba la vista sobre las páginas penetrando su alma, en el sentido, sin proferir una palabra ni mover la lengua [...] Yo entiendo que leía de ese modo para conservar la voz [...] En todo caso, el propósito de aquel hombre era bueno".
Durante siglos, la escritura no eliminó la oralidad. Entender la letra significaba pronunciarla. Aunque se tratara de un acto individual, el texto se recitaba; requería de sonido para suceder. San Agustín fue testigo el viraje cultural que se fraguaba en el siglo IV. Después de Gutenberg, los libros impresos facilitarían leer al modo de San Ambrosio.
JUAN VILLORO
Cuando San Agustín vio leer a San Ambrosio a fines del siglo IV, fue testigo de una peculiar manera de expresar la devoción: el sorprendente erudito leía en silencio.
Agustín atesoró la escena y no dejó de incluirla en sus Confesiones: "Cuando Ambrosio leía, pasaba la vista sobre las páginas penetrando su alma, en el sentido, sin proferir una palabra ni mover la lengua [...] Yo entiendo que leía de ese modo para conservar la voz [...] En todo caso, el propósito de aquel hombre era bueno".
Durante siglos, la escritura no eliminó la oralidad. Entender la letra significaba pronunciarla. Aunque se tratara de un acto individual, el texto se recitaba; requería de sonido para suceder. San Agustín fue testigo el viraje cultural que se fraguaba en el siglo IV. Después de Gutenberg, los libros impresos facilitarían leer al modo de San Ambrosio.


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