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domingo, 16 de marzo de 2008

CABEZALCUBO: Nos alcanzó la literatura

Jorge Moch
tumbaburros@yahoo.com

Nos alcanzó la literatura

Hay en la literatura episodios de dulce fantasía y del más abominable horror. Mientras la fantasía allí queda, el horror sí se puede volver real. También hay pasajes que abrevan de las aberraciones del alma humana y demuestran que somos una risible caricatura de nosotros mismos aun en las más solemnes imposturas. Uno está acostumbrado a esas lecturas, las acepta, las perdona o venera. Pero corta el aliento cuando la televisión demuestra que la estupidez o el vestiglo están ahí afuera, cerca de la puerta, entre quienes vemos todos los días o en quien rige el destino colectivo. Porque, como dice Jorge Saldaña con ironía quirúrgica, nada existe hasta que aparece en la tele. Allí, por ejemplo, las atrocidades que narra la escritora croata, Slavenka Drakulic en Como si yo no estuviera (Anagrama, 1999), sobre el exterminio étnico en los Balcanes, que vinieron a hacerse de carne y hueso hasta que vimos a cuadro la masacre aunque debidamente editada, suprimidas las escenas más espeluznantes. Como en Ruanda. Como el siglo pasado, cuando la barbarie nazi, creíble hasta que se pudo ver en los noticiosos que exhibían los cines. Quien lea Gumaro de Dios, el Caníbal, de Alejandro Almazán (Mondadori, 2007) o Ruda de corazón, de Víctor Ronquillo (Ediciones B, 2006) quedará aterido, sí, pero va a perder el sueño cuando entienda que esas no son ficciones, sino renglones del noticiero que le quitó el hambre por prender la tele a la hora de la comida.

Foto: www.reelingreviews.com

Entre otras lecturas recientes hechas por este sedentario escribidor está la sobrecogedora novela de j. m. Servín, Al final del vacío (Mondadori, 2007). Hay una escena en que el protagonista narra cómo una pareja de jabalíes, la hembra preñada y el macho defensor de su prole, se ven entrampados un día, atraídos tal vez por el olor a comida, en la principal avenida de una ciudad. Acosados por la gente a la que alarma su presencia, los animales aterrados huyen a un centro comercial donde les disparan dardos sedantes. Luego los llevan al patio de una oficina de gobierno y allí las bestias, heridas y hambrientas, mueren de inanición. Como por ensalmo macabro levanto los ojos de la lectura de esos párrafos y me encuentro en el noticiero con escenas de una tigresa perseguida por una multitud en India. Baleada, golpeada, azuzada, reacciona y muerde a uno de sus cazadores. La turba enloquecida de rabia y pavor la persigue a un arroyo, la captura con una red de pesca y la mata a golpes. Estaba preñada. En otra novela de futurismo realista (y exquisitamente desalentador) del colombiano Héctor Abad Faciolince, Angosta (Seix Barral, 2003), se recrea un sistema de segregación, un apartheid latinoamericano sustentado en el poder económico. La ciudad se divide con murallas y puntos de revisión, y se restringe el acceso a las partes “bonitas” y “decentes” de la ciudad a cualquier miembro de las clases populares. Esto con el argumento de la inseguridad, para acotar el avance del crimen organizado y los ataques terroristas. Entonces me entero por la tele de la intentona del alcalde de San Nicolás de los Garza, municipio conurbado habitado casi exclusivamente por gente con dinero en Monterrey, de levantar muros, rejas, puntos de revisión en bocacalles aledañas y así aislar “su” ciudadela de ricos de los peligros del peladaje. En una entrevista defiende su punto de vista, neofascista convencido y pragmático (por alguna oscura razón, no me sorprende en absoluto que sea panista) dueño de la verdad, poniendo cara de ¿pus qué tiene? Claro que yo no tengo el incierto privilegio de vivir en sus feudales pagos…

¿Y qué decir de Air Guitar Nation, documental de Alexandra Lipsitz, como sacado de un capítulo de los Recuerdos que miran con ojos de cacalota, de Luis Usabiaga (Ediciones la Carreta, 1994), que sigue al movimiento –sí, es un movimiento y sus partícipes juran que es un arte– de la guitarra de aire: tocar la guitarra sin guitarra, hacer que uno toca rock pesado, gesticulando como si se tuvieran convulsiones? Moda del imperio, donde se ve que no saben ya qué hacer con el ocio mientras puedan vender videos, camisetas, tazas, afiches y un largo etcétera de basura convertida en dinero y viceversa. Algo debe andar definitivamente muy mal en el mundo. Ya podemos reunir temibles visiones del porvenir que habitan en la literatura y así adivinar el futuro. No pinta bien. Ni modo. Ya sólo falta el certificado de realidad que cualquier día obsequie la televisión y entonces habremos terminado de cocinar la propia extinción.

Kikka Roja

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