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domingo, 12 de febrero de 2012

RESPUESTAS: Armando Bartra - Enrique Krauze : Que no le dé pena: (los consejos de Enrique Krauze a la izquierda)

Que no le dé pena: Respuesta de Bartra a Krauze
 Proceso de Armando Bartra 14 DE NOVIEMBRE 2011
En Mira quién lo dice afirmé –y sostengo– que Krauze (K) es de derecha y que al valorar su respetable juicio sobre las opciones electorales de los zurdos debemos tomar eso en cuenta.

Lo que nunca dije de Ebrard y menos de los abajofirmantes; el que el haber publicado una vez en Letras Libres significa que me gustó su artículo sobre Chiapas; el que K es de izquierda pues trata bien a Martí, Rodó, Mariátegui, el Che y Marcos; el que para encontrar a Paz –que no se me ha perdido– debo pedir a un alma caritativa que me lea Redentores… no es más que ruido argumentativo y autobombo de quien estrena libro y quiere vender.

Lo que importa: el derechismo de K, que no debiera avergonzarlo, lo documenté con palabras suyas que no desmiente pero llama “pepenadas”. ¿Será? Para que juzgue el lector van completas las referentes a Chile:

“Salvador Allende llegó al poder en elecciones estrechas pero limpias. Su mandato, sin embargo, no era mayoritario. Allende rehusó la posibilidad de establecer alianzas con los dos partidos de oposición e introdujo una serie de reformas que toparon con el rechazo de la mayoría ciudadana. La tensión ideológica y la radicalización política crecieron, trayendo ecos de la guerra civil española. ¿Por qué empujó Allende las cosas al extremo si sabía que carecía del apoyo mayoritario para hacerlo? ¿Triunfó el viejo romántico de izquierda sobre el demócrata? Allende no contaba con el aval de la URSS (a la que le bastaba tener una sola cabeza de playa en América). Carlos Rangel conjeturó que lo hizo por la presión histórica de emular a Castro, que pasó meses recorriendo Chile. El mismo Rangel señaló la insuperable contradicción entre la democracia y el socialismo autoritario, pues aquélla intenta armonizar los intereses antagónicos de los individuos y de las clases sociales, mientras que éste aconseja exacerbar los conflictos sociales. El desenlace por todos conocido fue terrible…”. Eso es todo. Lo demás lo citó K en “Desarmando a Bartra”. ¿Sugiere el texto que Allende se lo buscó por autoritario y conflictuoso o yo leí mal?

En cuanto a convencerme de la necesidad de un “diálogo civilizado”… Ya me convenció, de modo que empiezo con un ensayo sobre los debates históricos en torno a los derechos de los indios, que documenta mis diferencias con K tocadas apenas de refilón en Mira quién lo dice.

Derechos indios vs. “monstruos de necedad”

Pros, contras y asegunes de los derechos de los pueblos autóctonos han dividido en izquierdas y derechas a políticos e intelectuales mexicanos. En años recientes el PRI, el PAN, una parte del PRD, y sus caudas ilustradas, exhibieron su racismo al impedir que los derechos autonómicos de los indios ingresaran a la Constitución. Pero el asunto tiene historia.


En el Congreso Extraordinario Constituyente de 1856-57 se discutía la viabilidad del jurado popular, mecanismo de base comunitaria –pues el jurado lo forman los vecinos– que es buen ejemplo de derecho consuetudinario. Si cambiamos jurado por policía comunitaria o por usos y costumbres, escucharemos un debate actual.

Dice Ignacio Vallarta: “En la generalidad del país no hay la ilustración necesaria, la moralidad bastante a sostener el jurado. Por una población como la de la capital, ¡cuántas no están sumidas en la densísima ignorancia! Nuestro pueblo está en su infancia, infancia viciada por la serie no interrumpida de pronunciamientos”.

Francisco Zarco, cronista del Congreso, resume así la intervención, también en contra, de Mariano Arizcorreta: el diputado hace primero grandes elogios de la República Romana (y luego) por una rápida transición, se traslada a un pueblo de indios otomíes que viven en los montes, y pregunta si entre ellos es posible el jurado. Imposible, se contesta, porque los indios otomíes van a juzgar a otros indios otomíes.

“Para fundar su posición en hechos –continúa Zarco– cuenta que actualmente se juzga a una mujer por hechicería, que en el Tribunal Superior del estado de México existe una causa en la que aparece que un pueblo entero acordó enterrar a un brujo creyendo que sus hechizos habían causado la muerte de un hombre, que en otro pueblo de Oaxaca han sido quemados siete brujos. ¿Es esta la garantía que ofrecen los jurados? De estos hechos se infiere que el jurado es imposible en México porque el pueblo no está ilustrado.”

Hoy como ayer

Escuchemos ahora a los intelectuales contemporáneos Enrique Krauze y Pedro Viqueira, que en el primer número de Letras Libres reflexionan al alimón sobre el alto costo de dejar en manos de los indios la elección de su camino.

“El historiador Juan Pedro Viqueira –escribe K en El profeta de los indios– afirma que don Samuel Ruiz idealiza la condición indígena (…) A Viqueira le preocupa la legitimación política de esa idealización (…) En el caso de los indígenas de Chiapas cuyos usos y costumbres son ajenos al concepto y la práctica de la tolerancia, el resultado habitual ha sido la expulsión (caso chamula), el asesinato y el martirio. La atroz matanza de Acteal fue el caso extremo de esa tendencia.”

En otro artículo, titulado Los peligros del Chiapas imaginario, Viqueira concluye que “introducir como método de elección de las autoridades municipales los ‘usos y costumbres’ (…) podría agravar aun más los problemas internos de los municipios (…) Los únicos beneficiados serían sin duda los caciques y prestamistas (…) Los ‘usos y costumbres’ pueden llegar a ser la mejor forma de mantener un orden férreo y autoritario, legitimado en nombre de las ‘auténticas tradiciones mayas’, en la gigantesca reserva de indígenas desempleados y alcoholizados (el alcohol también es parte del ‘costumbre’), que podría llegar a implantarse”.

Finalmente –igual que Arizcorreta hace siglo y medio– después de la afirmación generalizadora de su colega, K nos endosa el ejemplo contundente que debe enterrar cualquier objeción. Primero cuenta que, camino a Bochil, él y Viqueira habían visto mujeres cargadas con “tercios” de leña:

“Le comento –continúa– la teoría de algún antropólogo, referida por don Samuel: los hombres van por delante de la mujer cargada, y los hijos por el resabio instintivo de protegerlos de las fieras o culebras que pudieran salirles al paso. Viqueira responde con escepticismo: ‘Por lo general los defensores van borrachos’.”

La argumentación es astuta, primero K se inventa un antagonista: “algún antropólogo” presuntamente citado por el crédulo obispo, luego lo refuta con ironía apelando a la autoridad del colega, y al final extrapola el ejemplo: “por lo general (…) borrachos”. El saldo es un descontón a los antropólogos, a Samuel Ruiz y a los indios proverbialmente alcoholizados.

En alegatos tan frágiles como estos se asienta la ideología que en 1856 condujo al Constituyente a rechazar los jurados y en 2001 llevó a que el Congreso amputara de la iniciativa de ley indígena, derechos previamente acordados, pero presuntamente excesivos. Siglo y medio después aún tienen filo las palabras con que Pancho Zarco da por enterrado el juicio popular: “¡Otra batalla perdida! ¡Otra reforma frustrada! El juicio por jurados fracasó ayer en la Asamblea Constituyente porque no es tiempo que nuestro pueblo goce de esa garantía. Tal vez cuando todos los ciudadanos sean jurisconsultos”.

“Monstruos de necedad”

Después de los liberales decimonónicos y antes de Letras Libres la cuestión ameritó diversos debates. Documento aquí las posturas respecto de las reivindicaciones autonómicas de los yaquis, asumidas por dos destacados intelectuales cuyos nombres revelaré más adelante.

Dice el mayor: “Los yaquis eran agricultores y bárbaros y pretendían ser nación y hablaban de la ‘nación yaqui’ como un francés de la nación francesa. Ningún mexicano debió haber aceptado la existencia de la nación yaqui, o de cualquier otra clase, dentro de la nación mexicana (pues) los derechos de la nación yaqui mermaban el territorio nacional y ofendían gravemente la soberanía. En México 35% de la población es de indios aborígenes y el 65% restante de criollos y mestizos, y según los defensores de los yaquis, los mestizos, criollos y extranjeros propietarios en México deben restituir a los aborígenes todo lo que los españoles les quitaron. El zapatismo ha sido una consecuencia lógica del yaquismo. El general Díaz, identificado con los gobiernos civilizados del mundo, no aceptó la doctrina zapatista. Era imposible que el general Díaz, justamente orgulloso de haber hecho de México una nación seria, se sometiese a las exigencias de una tribu, ofensivas para el patrimonio mexicano, para la civilización, para el decoro del gobierno; y con la bandera tricolor en la mano prefirió seguir la guerra…”.

El antiyaqui es Francisco Bulnes: porfirista, contrarrevolucionario y sostenedor de la superioridad racial de los que comen trigo sobre los que comen maíz. Así le responde años después otro polemista destacado: “Porfirio Díaz y su gobierno no vieron (en el alzamiento yaqui) sino una cuestión de orden y disciplina, y, en consecuencia, no pensaron más que en la solución militar. La aberración, la ineptitud cabal e irremediable de Díaz y su gobierno para ver este problema, puede medirse si se recuerda que uno de sus principales corifeos, ese monstruo de necedad que se llamó Francisco Bulnes, se alarmara, todavía en 1920, ya con el espectáculo de la lección de la revolución mexicana a la vista, ante la pretensión que tuvieron los yaquis de seguirse gobernando ellos mismo como lo habían hecho toda la vida”.

¿Qué pensaría Daniel Cosío Villegas –quien escribió lo anterior hace medio siglo– de que 50 años después algunos sedicentes discípulos suyos y otros “monstruos de necedad” sigan negando a los indios el derecho de autogobernarse del modo “como lo habían hecho toda la vida”?

Posdata

En 27 comunidades de 13 municipios de Guerrero mil efectivos de la Policía Comunitaria cuidan el orden. El 13 de octubre capturaron a cuatro mixtecos y un fuereño con una carga de mariguana. Quemaron la hierba y están reeducando a los responsables con pláticas y trabajo comunitario. “A los detenidos yo quiero que sepan que los queremos, que los vemos como personas. Y sobre todo que quede patente que la justicia comunitaria va más allá del derecho positivo”, dijo el sacerdote Mario Campos (La Jornada 8/11/11). Entre tanto la “guerra de Calderón” acabala 50 mil muertos, 10 mil desaparecidos, 50 mil huérfanos, 120 mil desplazados… ¿Dónde está la barbarie y dónde la civilización? l


Daniel Cosío Villegas: “Lección de la barbarie”, en México bárbaro. Problemas agrícolas e industriales; México, 1956.

Enrique Krauze: “El profeta de los indios”, en Letras Libres, num. 1; México, enero 1999.

Juan Pedro Viqueira: “Los peligros del Chiapas imaginario”, en Letras Libres, num. 1; México, enero 1999.

Francisco Zarco: Congreso Extraordinario Constituyente 1856-1857. El Colegio de México; México, 1957. Una versión distinta y más extensa del ensayo apareció en: Armando Bartra (coordinador): Mesoamérica. Los ríos profundos. Juan Pablos; México, 2002.

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Desarmando a Bartra (Respuesta de Enrique Krauze)


Por Enrique Krauze
Noviembre 10, 2011 
Blog de la redacción
Armando Bartra
enrique krauze
Polémica


Armando Bartra es mi fiel lector. Lee Letras Libres (donde ha colaborado), lee mis libros, lee mis artículos, lee mis textos perdidos en la web. Lee hasta lo que no escribo para confirmar su idea de lo que pienso. En Bloomberg View dije que, al menos en tres casos (el PSOE español, Ricardo Lagos en Chile y Lula en Brasil), la izquierda ha sido la única corriente política capaz de introducir reformas que logren la modernización económica con justicia social en el marco de una democracia; y que eso en México puede encabezarlo Marcelo Ebrard.

Si ver en Ebrard un buen candidato es una postura “derechista”, Bartra tendría que considerar “derechistas” a todos los firmantes del manifiesto aparecido en El Universal, el jueves 3 de noviembre. ¿O es que Ebrard representa para él uno de esos “políticos tibios y moderados que desde la izquierda trabajan para la derecha” a que alude su textode Proceso?

Armando Bartra admite que califiqué de “terrible” el golpe de Estado contra Allende. Y, para convencerse de que no lo creo, tijeretea este párrafo: “El desenlace por todos conocido fue terrible. Con el apoyo de Estados Unidos (que con esa acción coronaba su desprestigio histórico en América Latina) un golpe de Estado derrocó al gobierno de Allende. Una ola de ira casi recorrió la región: estaba hecha de frustración, odio antiimperialista, voluntad de poder, de venganza y sacrificio.”

Esta cita era el corolario de una anterior que Bartra omite y en la que aludía yo “al odio histórico contra Estados Unidos, ganado a pulso por ellos mismos, desde fines del siglo XIX y refrendado en la intervención directa del gobierno de Nixon en el golpe que derrocó en 1973 a Salvador Allende”. ¿Dónde está mi “justificación” del golpe?

En los ojos de Armando Bartra. Algo similar ocurre con mi acercamiento dizque “descaradamente justificatorio” del golpe contra Chávez. En mi libro recogí testimonios de varios actores de la vida pública venezolana, tanto partidarios como opositores al régimen. Uno de esos testimonios es el de un sacerdote que acompañó a Chávez en las horas inciertas del golpe. La glosa de ese testimonio (que Chávez conoció y no desmintió) revela su oscilación psicológica en aquel trance, pero en absoluto puede implicar un apoyo a aquel golpe. Todo lo contrario. La cita completa, que Bartra también prefirió omitir, es ésta: “La situación es confusa: el Alto Mando Militar anuncia en los medios que ha pedido la dimisión al presidente y éste ha accedido, pero el punto crucial es que la renuncia nunca se materializa. Por eso, aunque algunos aducen un “vacío de poder”, los hechos configuran un injustificable golpe de Estado”. ¿Dónde está mi “justificación”?

En el caso del movimiento zapatista, Bartra pepena una cita mía del historiador Juan Pedro Viqueira incluida en el ensayo “El profeta de los indios” (publicado en el primer número de Letras Libres) para tacharme de “racista”. Ese ensayo no debe de haberle parecido tan mal a Bartra, porque al poco tiempo, en junio de 1999, colaboró en Letras Libres con un bonito artículo sobre la fotógrafa Flor Garduño. La cita de Viqueira aludía a la intolerancia y la violencia de algunos usos y costumbres entre los indígenas. Si señalar ese rasgo es prueba de racismo, entonces habrá que concluir que Monsiváis y Marcos son racistas. En una conversación entre ambos que cito en mi libro Redentores, Marcos, cuestionado por Monsiváis, llegó a aceptar lo siguiente: “Algunos usos y costumbres no sirven a las comunidades indígenas: la compraventa de mujeres, el alcoholismo, la segregación de las mujeres y jóvenes en la toma de decisiones colectivas, que sí es más colectiva que en las zonas urbanas pero es también excluyente. Hay que eliminar el alcoholismo, la venta de mujeres, el machismo, la violencia en el hogar.”

Sobre el obispo de Chiapas escribí: “Su memoria, en no pocos mexicanos, convoca respeto y aún reverencia. Dada la dirección actual de la Iglesia es improbable que llegue a ser canonizado. Pero para los indios en la diócesis de Chiapas, el recuerdo de don Samuel permanecerá al lado de fray Bartolomé de las Casas, como su segundo apóstol.” ¿Donde está la denigración de Samuel Ruiz y de los indios?

Por lo que hace al Subcomandante Marcos, en el ensayo que le dedico en Redentores trazo su filiación legítima y directa con José Carlos Mariátegui. Mis palabras finales sobre Marcos son éstas: “Marcos, según se dice, padece una enfermedad a pesar de la cual –se rumora también visita con frecuencia La Realidad, cuartel que sin los reflectores internacionales es muy distinto al que fuera en los años noventa. También la realidad mexicana de hoy es muy distinta, más cruda y violenta que la de esa época, pero un poco más sensible a la postración de los indios. Y la conciencia de esta realidad es algo que los mexicanos debemos a aquel estallido sorprendente del 1 de enero de 1994, a la prédica de Samuel Ruiz y al tránsito fulgurante del Subcomandante Marcos por el escenario de la historia.” ¿Dónde está la denigración a Marcos y a su movimiento?

Lamento no haber escrito el libro que Bartra necesitaba para confirmar sus prejuicios. Si un alma caritativa se acomide a leerle Redentores, encontrará temas que lo perturbarán aún más: dos ensayos sobre Martí y Rodó que fundamentan el agravio histórico iberoamericano frente al imperialismo estadunidense; un ensayo elogioso sobre Mariátegui, el gran ensayista y editor peruano que escribió sobre Marx, Freud, la vanguardia literaria y el indigenismo; y un ensayo comprensivo sobre la significación mítica del Che Guevara.

Quizá debería leer el texto sobre Octavio Paz en mi libro. Allí encontrará a un pensador que supo confrontar sus pasiones e ideas con los hechos, para concluir que la izquierda latinoamericana necesitaba una profunda autocrítica que le permitiera ver de frente los horrores de los regímenes comunistas y para recobrar sus raíces liberales. Con la izquierda, Paz compartía muchas cosas: su desconfianza del liberalismo económico ortodoxo, su sensibilidad social, su raigambre romántica, su amor y respeto al México campesino. Pero los que prefieren no abrir los ojos le contestaron con descalificaciones y escupitajos. El diálogo civilizado entre el liberalismo y la izquierda puede ser muy útil en sí mismo y para apartarnos de tres caminos deplorables: la restauración autoritaria, el redentorismo caudillista y el continuismo mojigato. A estas alturas de su vida, no seré yo quien convenza a Armando Bartra sobre la necesidad del diálogo. Pero la voluntad sigue ahí, sin dobleces, sin adjetivos.

Publicado en la revista Proceso 1827, 6 de noviembre de 2011.


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Armando Bartra 30 /OCTUBRE / 2011

En este artículo el sociólogo y catedrático de la UAM-Xochimilco, Armando Bartra, comenta y analiza la visión de Enrique Krauze en relación con la que tiene del poeta Octavio Paz sobre la izquierda mexicana, la que Krauze expuso en el discurso pronunciado durante la ceremonia en que se inscribió el nombre del poeta en el Senado. El autor aprovecha para rebatir el pensamiento de Krauze, a quien califica de “derechista sin adjetivos”.



1

Con motivo de la aparición de Redentores, su libro más reciente, y del homenaje que el Senado rindiera a su mentor Octavio Paz, Enrique Krauze ha tenido más reflectores que de costumbre. No pretendo comentar el libro –para lo que este espacio sería insuficiente– sino las posturas políticas recientes y no tan recientes del autor. Y lo hago no porque sean de derecha, sino porque Krauze es un extraño derechista emperrado en aleccionar a la izquierda.

En esto pretende seguir a Paz quien, según el historiador, “criticó a la izquierda totalitaria desde la izquierda democrática posible y quiso persuadir(la) de redescubrir sus propias raíces liberales”.

Dudo mucho de que en sus últimos años el poeta se ubicara en la “izquierda democrática” y, como trataré de documentar, Krauze es un derechista sin adjetivos.



2

Las críticas a los zurdos, incluyendo las de los propios zurdos, me parecen bienvenidas y tengo por costumbre practicarlas. Me disgustan, en cambio, los regaños y consejos de un derechista travestido.

En el artículo titulado Las elecciones le dan a México una nueva oportunidad para eludir el cambio (Bloomberg, septiembre, 2011), escribe Krauze:

“En la izquierda una minoría comprende los problemas de México y aprovecharía la oportunidad histórica para comenzar una nueva etapa de reformas. Esta minoría cuenta con un posible candidato presidencial: Marcelo Ebrard, el exitoso y eficaz gobernante de la Ciudad de México. Él cumple con el modelo… (Sin embargo) la mayoría apoya a Andrés Manuel López Obrador, (no) un líder reformista, sino (…) un político común en la historia de América Latina: el ‘redentor inspirado’.”



3

“Redentor”, término empleado con intención injuriosa con que el historiador estigmatiza a los liderazgos latinoamericanos y caribeños del continente que se le atragantan: Castro, Allende, Chávez, Evo, Correa… y, en México, el obispo Samuel Ruiz, el Subcomandante Marcos y ahora López Obrador.

Sin duda todos ellos son dirigentes carismáticos, pero supongo que no es por eso que incordian al historiador, sino porque en vez de políticos tibios y moderados que desde la izquierda trabajan para la derecha, los presuntos “redentores” propugnan cambios no cosméticos sino profundos.

Por lo demás, los perros negros de Krauze son extremadamente heterogéneos: un guerrillero que devino hombre de Estado, un presidente reformista derrocado a la mala, un militar neo-socialista, un aymara llevado al poder por el movimiento social, un economista de discurso progresista, un sacerdote adscrito a la teología de la liberación, un pasamontañas que en diez días de guerra y muchos años de paz cambió la forma de ver al México profundo…

Varios de ellos tienen sin embargo algo en común: que han sido o son violentamente hostigados por la derecha. Una reacción desembozada que asesinó a Allende, que trató de descabezar al EZLN apresando a Marcos, que intentó derrocar a Chávez mediante una asonada militar. Y es ahí donde Krauze se balconea, pues al analizar esos episodios el historiador sugiere que los “redentores” se lo buscaron, si no es que se lo merecían.

Veamos.



4

En “El poder y el delirio”, ensayo incluido en Tiempo de memoria, Krauze dice que el presidente Salvador Allende no tenía “mandato mayoritario”, pero que con tal de “emular a Fidel Castro” impulsó “reformas que se toparon con el rechazo ciudadano”. Para concluir, siguiendo a Carlos Rangel, que el suyo era un “socialismo autoritario” que buscaba “exacerbar los conflictos sociales”, lo que ocasionó “un golpe de Estado”.

Y ahí el defensor de la “democracia sin adjetivos” adjetiva: dice que el golpe fue “terrible”.

Pero a la postre el mensaje no es que Allende se topó con un Imperio y una oligarquía doméstica dispuestos a frenar el cambio justiciero a toda costa, sino que el presidente socialista era en un “redentor” sin “apoyo mayoritario” y por tanto “autoritario”, que de algún modo favoreció su propio asesinato.

Y el tufo a justificación sutil del crimen se acentúa cuando Krauze describe la reacción al cruento asalto al Palacio de la Moneda, y en lugar de vergüenza, coraje, indignación y exigencia de castigo a los golpistas –que es lo que sentimos y presenciamos todos– encuentra “una ola de ira”, de “odio” y de “voluntad de poder y de venganza”.



5

Su acercamiento al frustrado golpe militar contra Hugo Chávez es aún más descaradamente justificatorio, quizá porque el historiador abomina del presidente venezolano.

En “Viaje a Caracas”, publicado en Letras Libres en noviembre de 2008, una asonada militar contra un presidente electo democráticamente, que contó con el apoyo de Estados Unidos, de los poderes fácticos, de la televisión y de los partidos de la derecha, es transformada por Krauze en una telenovela donde Chávez “quebrado” y lloroso pide clemencia a sus captores, se desahoga con un cura, solicita el “perdón” de la Iglesia y “suplica a los obispos que recen” por él.

¡Ah!, pero al verse libre, y odiándose “a sí mismo por su (…) debilidad”, el nefando “redentor” cobra venganza contra la Iglesia, contra los militares, contra el país…



6

En relación con el alzamiento chiapaneco la hostilidad de Krauze no es sólo contra don Samuel y el Sub, sino también contra los propios indios ahora alebrestados. En el primer número de Letras Libres, publicado en enero de 1999, el historiador, con el auxilio de su colega Juan Pedro Viqueira, reflexiona sobre el costo de dejar en manos de las comunidades indígenas la elección de su camino.

En un ensayo titulado Los peligros del Chiapas imaginario, Viqueira rechaza de plano la pretensión del EZLN y las organizaciones indígenas, de que se les reconozca el derecho a emplear sus propias formas de gobierno, pues según el historiador, la medida sólo beneficiaría a “caciques y prestamistas”, legalizando un “orden férreo y autoritario (…) en la gigantesca reserva de indígenas desempleados y alcoholizados (porque) el alcohol también es parte del costumbre”.

Una vez que la voz autorizada ha puesto en duda la civilidad de los indios, Krauze puede redondear el argumento racista:

“El historiador (…) Viqueira –escribe el director de Letras Libres– afirma que Samuel Ruiz idealiza la condición indígena (…) A Viqueira le preocupa la legitimación política de esa idealización (…) En el caso de los indígenas de Chiapas cuyos usos y costumbres son ajenos al concepto y la práctica de la tolerancia, el resultado habitual ha sido la expulsión (…), el asesinato y el martirio. La atroz matanza de Acteal fue el caso extremo de esa tendencia”.

De esta manera, una masacre multitudinaria promovida y solapada por el gobierno local y el federal, deviene saldo de la “idealización” de unos indios ajenos a la “tolerancia”. Idealización que al ser transformada en “política” por líderes como el obispo de San Cristóbal, conduce a la “matanza”.

Y a pesar de que una vez más el historiador adjetiva, reconociendo que el crimen fue “atroz”, no tan en el fondo sugiere que al permitir que unos indios intolerantes, autoritarios y alcoholizados se salieran del huacal, los “redentores” propiciaron el baño de sangre.



7

“Ebrard representa la izquierda moderna por la que pensamos votar muchos”, chateó Krauze con un internauta de la red de El País.

Habrá quien piense que la anticipada intención de voto y las afirmaciones del historiador en el sentido de que el gobernante de la capital “cumple con el modelo”, mientras que López Obrador no es un “reformista” sino un “redentor”, ayudan al chilango y perjudican al tabasqueño. Creo que no. Que es al revés. Y es que hay que ver quién lo dice.


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